miércoles, 27 de septiembre de 2023

SAN PEDRO DEL PINATAR Y UNA RESEÑA DE, "LOS DÍAS EN LA TIERRA"

 



El pasado viernes tuve el placer de Presentar en San Pedro del Pinatar, mi libro "Los días en la Tierra" (Ed. MurciaLibro) junto al escritor y amigo, Paco Illán Vivas. Fue un verdadero placer volver a llevar mis poemas a otra ciudad, a otros oídos y otros lectores.

Ayer, un escritor y amigo, Pedro Diego Gil, compañero también en La Sierpe y el Laúd, hizo  público un texto-reseña sobre mi libro, y debo decir que me emocionaron sus palabras porque creo que en la poesía no hay nada sagrado ni verdades absolutas, por eso pienso que la única "verdad" es lo que el lecto siente cuando lee los versos y si ésto logran habitara en sus ojos.

Muy agradecido a mis amigos en las letras, en este caso a Paco Illán por acompañarme  en un nuevo acto de presentación de mi libro y a Pedro Diego Gil por sus hermosas palabras sobre mi poemario que pego a continuación:


"Los poetas han estado siempre donde no debían, se han colado allá donde les ha dado la gana; han entrado y han salido a su libre albedrío de cualquier idiosincrasia, demostrando que la verdad está con ellos.

Ángel entró en el mundo de la poesía hace décadas, en una juventud que perdura en él, una de las señas de identidad de su obra. Lo hizo en un tiempo del que había que despertar para romper forzados silencios, se hizo un hueco donde no lo había y lanzó a sus compañeros al reto de la poesía, reactivando la visión literaria de una sociedad dormida, inmersa en la pesadilla de la intransigencia. Ángel eligió un camino duro y a la vez fantástico, motivado por ese movimiento cuya bandera principal es el discurso poético, y abrió las puertas de su sociedad con la llave de la razón literaria. Aquí está él, Ángel Almela de nuevo, el poeta sutil y sincero, con su reciente poemario: Los días en la tierra.

Como yo lo he oído recitar muchas veces, al leer sus poemas surge su voz, oigo su entonación maestra resonar en el camino que van mostrando los versos. Y en Los días en la tierra lo veo dispuesto a todo, lo siento zambullirse en lo que teme, en lo que ama y en lo que desea para el futuro. Ha hecho de los poemas bumeranes, que nos lanza para golpearnos y hacernos partícipes de la esencia de sus sentimientos, y que vuelven a su mano, la que escribe un poema tras otro, para saber que su poesía llega, con la placidez que desea. Los versos cargados de añoranza nos ofrecen el aroma de las palabras que ha destilado. Ángel sabe que nos apoderamos de las palabras, que a veces las pervertimos, por eso hace suyas las más indefensas, las más delicadas, las mete en el fondo de su memoria y luego las devuelve llenas de energía, formando emotivos paisajes, diagonales que cruzan un corazón multicameral, que late impulsado por el ritmo poético. Su entorno más íntimo lo lleva en la mirada con la que escribe, y lo expresa en las palabras que elige de la forma más sencilla, aireándolas en lo más cotidiano que encuentra, a la vez que consigue el don de la armonía.

El tiempo se liga al olvido, retumba en el pensamiento y éste trata de poner a salvo las ideas, ordenando las más emotivas evocaciones, para mantener viva la memoria. /A veces pienso/ en lo que esconde el tiempo/ bajo su capa de olvido/ nos dice, casi susurrando. Las calles de los recuerdos, donde oímos nuestra primera voz resonar, siguen proponiendo el mismo juego, los ensayos, las pruebas y los besos, la música y la poesía revitalizante. /Estas calles donde crecí, están todavía en mí sin yo saberlo/ asegura con nostalgia. Sentir que la memoria custodia el ser asombroso que somos, en contra de la intransigencia de nuestra propia naturaleza, nos hace alcanzar una necesaria paz interior, capaz de hacer que sigamos pisando la realidad, sin trastabillarnos en nuestro camino, marchando con el tesón poético por delante, subiendo y bajando pulsaciones en ese corazoncito de poeta, _sangre roja de añoranza, sangre azul de ilusión_, que tantos de nosotros llevamos zumbando en la cabeza.

La memoria puede ser la sede de nuestro mundo más real. /Somos mientras en el recuerdo seamos un dato/ dice en uno de sus emotivos poemas. La memoria de Ángel ha madurado hasta dar una cosecha de frutos sabrosos, llenos de sustancias propicias para tener los mejores sueños. Los acontecimientos pasados pueden propiciar un futuro mejor que el presente, cargándolo de riquísimas sensaciones. Aunque estemos en ese grado de veteranía, que a veces es un lastre que nos ralentiza, lo asombroso es poder regresar a las ideas que se perdieron en una lejana infancia, como si estuviéramos de vuelta a una nueva juventud llena de algarabía. Ángel nos recuerda que la memoria custodia a ese ser asombroso que somos, en contra de la intransigencia futura, que vuelve y vuelve a acechar la paz que llevamos dentro.

Cada verso es algo sin parecido, es algo nuevo que crece o se esfuma dentro de uno mismo. Ángel así lo manifiesta. El poema no es tal si se compara con otra experiencia, y de este modo se trata de justificar, él no lo hace en ningún momento. Sus versos sufren y se excitan a la vez con el placer, crean sensaciones que abren un espacio que se crea a sí mismo; describe la simple espera para sentir y sólo sentir. Cada uno tenemos un sitio donde meditar, donde encontrarse con uno mismo, ahí es donde se puede hallar la punta del hilo poético. Ángel lo encontró, tiró de él y ha logrado este sutil encaje de versos, recopilados en la obra referida. Lástima de los que no tienen un lugar así, porque habitan un entorno con demasiado ruido, con demasiada riqueza o demasiada frialdad. Qué distinto sería el mundo si todos tuviéramos un buen lugar para meditar largamente. Desde mi humilde punto de vista, creo que sería un mundo mejor si se hiciera más poesía, si se leyera más poesía. Aunque la poesía no sea perfecta, como la verdad no es perfecta, como no es perfecta la vida, no puede resolverlo todo, por eso leer y crear poesía es jugar a equivocarse, a ensayar nuevas propuestas, es sencillamente vivir, y Ángel lo demuestra a la perfección con este poemario: Los días en la Tierra.

Los poetas han estado siempre donde no debían, se han colado allá donde les ha dado la gana; han entrado y han salido a su libre albedrío de cualquier idiosincrasia, demostrando que la verdad está con ellos.

Ángel entró en el mundo de la poesía hace décadas, en una juventud que perdura en él, una de las señas de identidad de su obra. Lo hizo en un tiempo del que había que despertar para romper forzados silencios, se hizo un hueco donde no lo había y lanzó a sus compañeros al reto de la poesía, reactivando la visión literaria de una sociedad dormida, inmersa en la pesadilla de la intransigencia. Ángel eligió un camino duro y a la vez fantástico, motivado por ese movimiento cuya bandera principal es el discurso poético, y abrió las puertas de su sociedad con la llave de la razón literaria. Aquí está él, Ángel Almela de nuevo, el poeta sutil y sincero, con su reciente poemario: Los días en la tierra.

Como yo lo he oído recitar muchas veces, al leer sus poemas surge su voz, oigo su entonación maestra resonar en el camino que van mostrando los versos. Y en Los días en la tierra lo veo dispuesto a todo, lo siento zambullirse en lo que teme, en lo que ama y en lo que desea para el futuro. Ha hecho de los poemas bumeranes, que nos lanza para golpearnos y hacernos partícipes de la esencia de sus sentimientos, y que vuelven a su mano, la que escribe un poema tras otro, para saber que su poesía llega, con la placidez que desea. Los versos cargados de añoranza nos ofrecen el aroma de las palabras que ha destilado. Ángel sabe que nos apoderamos de las palabras, que a veces las pervertimos, por eso hace suyas las más indefensas, las más delicadas, las mete en el fondo de su memoria y luego las devuelve llenas de energía, formando emotivos paisajes, diagonales que cruzan un corazón multicameral, que late impulsado por el ritmo poético. Su entorno más íntimo lo lleva en la mirada con la que escribe, y lo expresa en las palabras que elige de la forma más sencilla, aireándolas en lo más cotidiano que encuentra, a la vez que consigue el don de la armonía.

El tiempo se liga al olvido, retumba en el pensamiento y éste trata de poner a salvo las ideas, ordenando las más emotivas evocaciones, para mantener viva la memoria. /A veces pienso/ en lo que esconde el tiempo/ bajo su capa de olvido/ nos dice, casi susurrando. Las calles de los recuerdos, donde oímos nuestra primera voz resonar, siguen proponiendo el mismo juego, los ensayos, las pruebas y los besos, la música y la poesía revitalizante. /Estas calles donde crecí, están todavía en mí sin yo saberlo/ asegura con nostalgia. Sentir que la memoria custodia el ser asombroso que somos, en contra de la intransigencia de nuestra propia naturaleza, nos hace alcanzar una necesaria paz interior, capaz de hacer que sigamos pisando la realidad, sin trastabillarnos en nuestro camino, marchando con el tesón poético por delante, subiendo y bajando pulsaciones en ese corazoncito de poeta, _sangre roja de añoranza, sangre azul de ilusión_, que tantos de nosotros llevamos zumbando en la cabeza.

La memoria puede ser la sede de nuestro mundo más real. /Somos mientras en el recuerdo seamos un dato/ dice en uno de sus emotivos poemas. La memoria de Ángel ha madurado hasta dar una cosecha de frutos sabrosos, llenos de sustancias propicias para tener los mejores sueños. Los acontecimientos pasados pueden propiciar un futuro mejor que el presente, cargándolo de riquísimas sensaciones. Aunque estemos en ese grado de veteranía, que a veces es un lastre que nos ralentiza, lo asombroso es poder regresar a las ideas que se perdieron en una lejana infancia, como si estuviéramos de vuelta a una nueva juventud llena de algarabía. Ángel nos recuerda que la memoria custodia a ese ser asombroso que somos, en contra de la intransigencia futura, que vuelve y vuelve a acechar la paz que llevamos dentro.

Cada verso es algo sin parecido, es algo nuevo que crece o se esfuma dentro de uno mismo. Ángel así lo manifiesta. El poema no es tal si se compara con otra experiencia, y de este modo se trata de justificar, él no lo hace en ningún momento. Sus versos sufren y se excitan a la vez con el placer, crean sensaciones que abren un espacio que se crea a sí mismo; describe la simple espera para sentir y sólo sentir. Cada uno tenemos un sitio donde meditar, donde encontrarse con uno mismo, ahí es donde se puede hallar la punta del hilo poético. Ángel lo encontró, tiró de él y ha logrado este sutil encaje de versos, recopilados en la obra referida. Lástima de los que no tienen un lugar así, porque habitan un entorno con demasiado ruido, con demasiada riqueza o demasiada frialdad. Qué distinto sería el mundo si todos tuviéramos un buen lugar para meditar largamente. Desde mi humilde punto de vista, creo que sería un mundo mejor si se hiciera más poesía, si se leyera más poesía. Aunque la poesía no sea perfecta, como la verdad no es perfecta, como no es perfecta la vida, no puede resolverlo todo, por eso leer y crear poesía es jugar a equivocarse, a ensayar nuevas propuestas, es sencillamente vivir, y Ángel lo demuestra a la perfección con este poemario: Los días en la Tierra."

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