
La lluvia…,no es un mal tema dadas las recientes experiencias que hemos tenido incluso en esta seca Región de Murcia, desde donde escribo. A lo mejor parece algo insustancial para un blog, pero ya dije hace tiempo que los blog son para hablar, y yo quiero hablar desde el mío, pensando.
Siempre se ha dicho que ver caer el agua en una tarde lluviosa es, cuanto menos, un acto de sentimientos encontrados, entre la melancolía y la introspección o ensimismamiento. ¿Quién no ha sido capturado por ese efecto cuando se ha puesto a ver caer la lluvia? ¿Quién no ha sentido una paz y emoción extrañas en una de esas tardes lluviosas? ¿Quién, en esos días de lluvia fina no ha terminado de subir su persiana cuando el sucio blanco de la humedad se ha esparcido cual humo por su cuarto?.
Más allá de los sentimientos, uno recuerda tiempos ya pasados, de lluvia reiterada días tras día, como aquellos que vivimos de cuando aquí sí llovía, de cuando uno era un niño e iba feliz metido en sus botas de agua y su impermeable; cuando las dos terceras partes del paisaje estaban sumergidas en una bruma cavernosa durante días... En la distancia, dominaban oscuras las nubes, y al rato, las gotas repicaban duro sobre los adoquines o las aceras. Los canalones parecían entonces llevar piedras y la película húmeda de la lluvia, que desviaba el viento, iba azotando las ventanas, de cuyos cristales se desprendían regueros acuosos formando hilos de ríos verticales que caían lentamente hacia el borde de la ventana.
Ahora, de las nubes que cruzan un cielo de “hojalata” como digo en uno de mis poemas, caen gotas sin avisar; desprendidas, desarraigadas, con un ansia de difícil comprensión, resbalan por la ventana, tocan las baldosas que pisaremos y se precipitan junto a tantas otras hacia un mar homérico que las volverá a lanzar al cielo, no sin antes haber provocado todo un simulacro de vida, de muerte, y por qué no, de resurrección.
La lluvia….Unas veces me lleva a una infancia casi olvidada, otras a una adolescencia imberbe, otras a una juventud de compromiso,…y ahora al blog ¿quién me lo iba a decir hace sólo una década?
Siempre se ha dicho que ver caer el agua en una tarde lluviosa es, cuanto menos, un acto de sentimientos encontrados, entre la melancolía y la introspección o ensimismamiento. ¿Quién no ha sido capturado por ese efecto cuando se ha puesto a ver caer la lluvia? ¿Quién no ha sentido una paz y emoción extrañas en una de esas tardes lluviosas? ¿Quién, en esos días de lluvia fina no ha terminado de subir su persiana cuando el sucio blanco de la humedad se ha esparcido cual humo por su cuarto?.
Más allá de los sentimientos, uno recuerda tiempos ya pasados, de lluvia reiterada días tras día, como aquellos que vivimos de cuando aquí sí llovía, de cuando uno era un niño e iba feliz metido en sus botas de agua y su impermeable; cuando las dos terceras partes del paisaje estaban sumergidas en una bruma cavernosa durante días... En la distancia, dominaban oscuras las nubes, y al rato, las gotas repicaban duro sobre los adoquines o las aceras. Los canalones parecían entonces llevar piedras y la película húmeda de la lluvia, que desviaba el viento, iba azotando las ventanas, de cuyos cristales se desprendían regueros acuosos formando hilos de ríos verticales que caían lentamente hacia el borde de la ventana.
Ahora, de las nubes que cruzan un cielo de “hojalata” como digo en uno de mis poemas, caen gotas sin avisar; desprendidas, desarraigadas, con un ansia de difícil comprensión, resbalan por la ventana, tocan las baldosas que pisaremos y se precipitan junto a tantas otras hacia un mar homérico que las volverá a lanzar al cielo, no sin antes haber provocado todo un simulacro de vida, de muerte, y por qué no, de resurrección.
La lluvia….Unas veces me lleva a una infancia casi olvidada, otras a una adolescencia imberbe, otras a una juventud de compromiso,…y ahora al blog ¿quién me lo iba a decir hace sólo una década?





